Hay quien piensa que por debajo del número dos (niños) no sea auténtica "familia" y hay quien se deja llevar por la nostalgia por aquellos tiempos heroicos de noches de insomnio y cambios de pañal...
Te sorprende al improviso. Quizá estás ordenando la casa y te cae en las manos un pijama de tu hijo que se había quedado en el fondo del cajón. Ahora él es grande, va a la guardería o a la escuela y las cosas han cambiado mucho, pero el recuerdo de cuando era un bebé y lo cogías en brazos te llena de nostalgia. Extrañamente, en lo primero que piensas no es en las noches en blanco, en las ojeras, ni en el cansancio, sino solo en la dulzura que sentías al verlo dormir. Piensas en lo bien que lo habéis hecho, tú y tu compañero, y comienza a formarse la idea de que te gustaría volver a sentir aquellas emociones.
Para muchas mujeres, el segundo hijo ya está presente, en los proyectos y en los sueños, desde el principio: porque corresponde con la propia idea de familia, porque quizá tú y tu compañero habéis crecido con hermanos y hermanas, porque no queréis dejar que vuestro hijo crezca solo, porque después del niño os gustaría tener una niña o viceversa… A veces es el niño el que pide el "hermanito" como si fuera lo más natural del mundo, dejando a los padres con la boca abierta. En otras situaciones el deseo de “volver a empezar” llega por sorpresa, quizá porque cada vez con mayor frecuencia los hijos se tienen tarde, precedidos por infinitas consideraciones vinculadas con la oportunidad, el cambio de vida que comporta el ser padres, incluso cuestiones económicas. Después llega el bebé y se vive el momento como un don extraordinario y único. Sin embargo, una vez que el niño crece y los padres se dan cuenta de que se las han arreglado muy bien, quieren volver a afrontar la experiencia con la serenidad de quien ya ha pasado por algo y está en condiciones de dejar de lado la ansiedad y los miedos y disfrutar solo de lo mejor de esta aventura.
Mágicamente los recuerdos negativos aparecen bajo una nueva luz. Si tu marido te comenta que saliste de la sala de partos exhausta, diciendo «nunca más», contestas que estás preparada para intentarlo otra vez, total no podrá ser peor de lo que ya pasaste. Si eres tú a preguntarle si podéis permitiros económicamente tener otro niño, será él quien te responda que, como salís adelante con tres, podéis salir adelante con cuatro sin problemas. Que el cerebro humano sea misterioso lo sabemos, pero quizá en este caso entran en juego instintos primordiales, legados a la conservación de la especie, que consiguen imponerse sobre todo el ruido de fondo de las respectivas perplejidades. Lo que es cierto es que si es verdad que la maternidad y la paternidad "quitan" algo a los individuos, en términos de libertad, autonomía e independencia, también "añaden" mucho: significado profundo y vitalidad sobre todo. Y por eso con frecuencia nos damos cuenta de que todos los razonamientos que han precedido la decisión de traer al mundo al primer hijo tenían más que ver con el miedo que con reales obstáculos.
¿Y el primogénito? Es inútil negar el sentimiento de culpa de saber que lo que estáis confabulando los mayores le arrebatará el cetro y su pequeño trono de príncipe de la casa. También es inútil intentar mantenerlo fuera de todo, dado que le bastará con muy poco para sentir que algo se cuece. ¡Pero es la vida! Aprenderá a afrontar celos y envidias y a compartir espacios, tiempos, amor y alguna regañina. Y antes o después, en su corazón, ¡os lo agradecerá!
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