Por desgracia en ocasiones es necesario encontrar las palabras para explicarle a un niño hechos y acontecimientos incomprensibles incluso para nosotros adultos
Criar a un hijo también significa (y quizá sobre todo) cultivar en él la sensibilidad, el cuidado y el respeto de los sentimientos y de las emociones, las suyas propias y las del prójimo. Estos sentimientos, por desgracia, no siempre están provocados por acontecimientos alegres como el nacimiento de un niño o el matrimonio de una pareja que se quiere. La vida también está hecha de lutos y de enfermedades y un niño que pierde a un ser querido, con quien jugaba hasta poco antes, se encuentra ante un misterio absolutamente inmenso para sus jóvenes fuerzas.
Mucho depende de la relación que los padres tengan con estos temas. Todo tiene un principio y un final: el helado que nos comemos, la jornada dedicada a dar un paseo por el campo, el libro que tanto nos gusta, la escuela, las vacaciones. También las personas se transforman a lo largo de su vida y, a pesar de lo difícil y desagradable que resulta pensarlo acerca de las personas que queremos, todos somos mortales. La vida sin embargo tiene una inagotable capacidad de renovación y renacimiento. Crecer con esta consciencia ayuda a afrontar el luto cuando se presenta y, aunque parezca una paradoja, ayuda a sufrir. O por lo menos a liberar las emociones de la pérdida, para reconocerla y hacer que se cure con tiempo y con cariño.
En general se tiende a implicar a los niños cada vez que la vida se muestra en sus inicios (las flores que florecen, los cachorros de la gata, un bebé recién nacido); mientras que cuando la vida se interrumpe, se tiende a excluirlos, para protegerlos del dolor que acompaña estos acontecimientos. Con frecuencia se utilizan con ellos palabras inadecuadas: los niños pueden quedar desorientados ante palabras ("viudo", "huérfano", etc.) que nunca antes habían escuchado.
A pesar de que te pueda parecer absurdo, lo único que se puede hacer para explicarles la muerte a los niños es decir la verdad, y eso significa decirles que aquella persona ya no está y que no podrán volver a verla. Pero es necesario ser completamente honestos y decirles también que, en el corazón de las personas que han querido y que se han ido, es decir, también en tu corazón y en el corazón de tus niños, aquella persona seguirá viviendo para siempre. En el futuro, la recordaréis juntos, y poco a poco la nostalgia será menos dolorosa.
Será una tarea ardua encontrar el tiempo para escuchar las preguntas de los niños: preguntas a veces extrañas que aún así dan voz a la emoción. Sin pretender demasiado, se pueden aprovechar ocasiones cotidianas para acercar a los niños al misterio de la muerte. Para quienes viven rodeados por la naturaleza es más fácil, pero tampoco en la ciudad faltan oportunidades. Encontrar un pájaro o un pececito rojo muerto, por ejemplo, puede ofrecer la ocasión para ver con los propios ojos lo que hace la muerte a los seres vivos. Se puede decidir junto con el niño qué hacer. El niño podrá sentir pena por estos seres, y, llorar, seguro de que encontrará tu abrazo y tu respeto. Los niños instintivamente conocen el papel simbólico de los rituales y de las ceremonias: hacerle un funeral al pequeño animal les ayudará a dar una forma y una contención a las emociones que sienten.
No es fácil para nadie encontrar las palabras, no hay una "fórmula" que pueda acudir en nuestra ayuda. Hay que dejar que sea la propia sensibilidad la que hable, tal y como seamos capaces de hacerlo. Este esfuerzo de intimidad hacia tus hijos abrirá en ellos espacios de confianza en los demás y en sí mismos, que serían inalcanzables si no compartiéramos con ellos el drama de la vida. |