Los cuentos ayudan a los niños, protegiéndolos contra un precoz y malsano realismo de fachada. Como escribieron los hermanos Grimm «los cuentos nutren de manera inmediata como la leche, ligeros y agradables, o como la miel, dulces y nutritivos, sin pesadez terrestre»
Valioso patrimonio de todas las culturas, los cuentos se traspasan de generación en generación desde el principio de los tiempos. A pesar de que durante su largo viaje se transformen, se adapten o incluso se deformen, si mantienen inalterado su núcleo vital, nos hablan a nosotros contemporáneos exactamente como hablaban a nuestros antepasados.
Durante los últimos años se han multiplicado los estudios y las investigaciones acerca del poder curativo de los cuentos, en especial con los niños. En realidad se trata de una “terapia” tan antigua como el hombre, que nació con la necesidad humana de expresar y reelaborar, a través de la creación de un mundo de fantasía, lo que la pura racionalidad no consigue comprender o justificar.
En la forma clásica del cuento, que inicia con la presentación de un mundo perfecto del que se expulsa al protagonista, el niño refleja su propia inquietud: el miedo al abandono, la rivalidad con los hermanos, el sentido de inadecuación… En el cuento, en ese momento, hacen su entrada “las máscaras del mal”: personajes de fantasía que representan sentimientos negativos como la avaricia, la avidez, la maldad, la falsedad o la bellaquería. El héroe está solo, abandonado y perdido. Pero cuando parece que las fuerzas del mal estén venciendo, renace la esperanza y llegan las fuerzas del bien. También en este caso encontramos seres pequeños y humildes, que destacan poco, pero que son valientes, leales y están preparados al sacrificio. Gracias a ellos, el héroe consigue darle la vuelta a la situación y derrotar al mal.
Gracias a esta estructura, impregnada de valores morales, el niño se identifica completamente con las aventuras de los personajes porque siente que el miedo y el sufrimiento del héroe son los suyos propios: el cuento le permite dar un nombre a estos sentimientos y manifestar las emociones conectadas con ellos. Sufriendo con sus personajes, aprende que los obstáculos, las dudas, los miedos y también el dolor, son parte integrante de la vida y que la tarea de los hombres es afrontarlos y superarlos.
Hay padres (pero también pedagogos) que se preocupan de la “violencia” escondida en los cuentos: matar al dragón, quemar a la bruja, llenarle la barriga al lobo de piedras. Nos preocupamos porque pensamos que el cuento justifica el “hacer daño” a personajes que, para el niño, son tan reales como la princesa o el conejito bueno. En realidad las suertes más horribles les tocan a las personificaciones del mal y este hecho tiene un valor liberatorio. Es erróneo trasladar la cuestión al plano de la realidad: el lobo no es el lobo que el niño encuentra en el zoo, el lobo es el mal y por eso hay que derrotarlo. En esto reside la fuerza moral de los cuentos. Por supuesto, el progenitor tiene que aprender a no crear ambigüedades y a no dejar sombras. El buen lector conoce bien a su público: sabe si el pequeño es más sensible a ciertos aspectos, conoce sus fragilidades y por eso sabe acompañarlo con mano segura, dando a su voz la entonación apropiada y dejándose conquistar a su vez por una adecuada actitud de sorpresa.
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